Biografías e historias familiares

Fragmentos...
Mi madre era una mujer pequeña. Claro que de pequeña solo tenía la figura, no así la actitud. Tenía el cabello negro, casi azul con el reflejo del sol, y un par de ojos verdes que no dejaban indiferente a nadie que se sintiera tocado por su mirada. Era hermosa...
María Garfias provenía de una familia acomodada. Su padre era un arquitecto reconocido y muy elogiado en la IV región, situación que le permitía mantener a su familia sin preocupaciones mundanas. Lamentablemente, no sabemos si por falta de previsión o exceso de confianza, al morir no dejó a qué echarle mano. Y si dejó algo, no fue mucho y duró poco, porque tras su fallecimiento la situación de la familia cambió rotundamente. Mi madre, muy joven y soltera aún, dejó las apacibles tardes de bordado por agotadoras jornadas de costura para cumplir con los pedidos de sus nuevas clientas.
Cuando cumplió 15 años, fueron a pedir su mano. El osado pretendiente se llamaba Isidoro Morales, mi padre.
No recuerdo bien cuántos años tenían de diferencia, pero al principio tienen que haberse notado. Contaba mi madre que el día del matrimonio los invitados no tan cercanos pensaban que la novia era su mamá.
La vida matrimonial de mis padres tuvo, como suele ocurrir, altos y bajos. En períodos difíciles, vi a mi madre aún más fuerte. La máquina de coser no respetaba horarios de descanso. Había que alimentar a cuatro hijos y cuanto negocio estaba a su alcance lo ejecutaba. Por eso, si no estaba cosiendo, estaba en La Vega comprando cajas de chirimoyas o de lo que necesitasen los restoranes que antes contactaba para saber con qué frutas abastecerlos.
Filomena Morales G. Recuerdos de su madre.

El año 1945, era seleccionado del equipo de mi pueblo. Cuando tenía alrededor de 17 años, tuve el primer ofrecimiento en el campo futbolístico. Jugaba en la selección juvenil de Angol, cuando llegó el equipo titular del Green Cross. En esa oportunidad, perdimos con mi equipo 2-1. El gol de cabeza que di en ese partido llamó la atención del entrenador del equipo visitante, por lo que al finalizar el encuentro se acercó a mí para ofrecerme continuar la gira con ellos. “Cuéntele a su papá, a ver qué le dice”, fue el comentario de mi madre cuando le conté del ofrecimiento. Debí percibir su ironía. Por supuesto que no fui a ningún lugar. Duro como era mi padre, con una cachetada respondió a mi insistencia. Así entendí que no estaba dentro de mis posibilidades abandonar los estudios para seguir el camino del fútbol. Al menos, en ese minuto no era una opción.
Años después ingresé a la Escuela Normal. Una vez recibido de profesor, participé en un campeonato nacional de fútbol, en el que me tocó representar a mi escuela. Por esta razón viajé a Santiago a finales de 1949. Allí perdimos el primer partido, pero hice el primer gol, lo que llamó la atención de algunos dirigentes, entre ellos gente de Colo-colo.
Don Humberto Vivanco, Director Nacional de Educación, me mandó un recado: “tenga cuidado al decidir con quién va a firmar”. Al encontrarme con él días después, entre amenaza y broma, me dijo: “Si no firmas por Colo-Colo, te mando a una escuela perdida…” Finalmente, firmé con Colo Colo. Pero antes pedí que me designaran como profesor en alguna escuela en Santiago o al menos cerca. Fue así que me destinaron a la Escuela Nº1 de San Bernardo y pude complementar los entrenamientos en Colo-Colo con la pedagogía, otra actividad que me llenaba el corazón.
Algunas historias de mi abuelo, José Santos Arias González

En noviembre de 1965, recibimos la visita de Robert Kennedy en la ciudad de Concepción. No era, para nosotros, una visita grata; al contrario, él representaba todo lo que rechazábamos. Miguel fue el primero en manifestar su molestia y en enfrentar al senador demócrata durante la conferencia de prensa que éste realizó en la Intendencia de Concepción. Si bien Miguel le advirtió que no era conveniente que fuese a la Casa del Deporte, horas después de terminada la conferencia de prensa, Kennedy se dirigió con toda su comitiva al lugar, donde lo recibieron con huevos y pancartas con “Yanqui go home”. Nosotros habíamos puesto condiciones para que entrase, entre las que estaban el que rechazara la guerra en Vietnam y se opusiese a la invasión a Santo Domingo. Pero sin importar cuáles fuesen nuestras demandas, Kennedy entró al lugar y subió hasta la galería, con la intención de dialogar con los manifestantes, llevándose de recuerdo uno que otro escupo, pero salvándose por unos pocos centímetros de una patada. Lo gracioso fue que la foto que salió en el diario El Sur de Concepción al día siguiente fue tomada desde un ángulo en el que parecía que, efectivamente, le habían dado la patada.
Este episodio lo he visto representado en prácticamente todas las biografías de Robert Kennedy, y es que fue realmente fuera de lo habitual que a un senador estadounidense tan querido por la gente no se le dejara hablar en nuestra universidad.
Recuerdos de un revolucionario
Fragmentos...
Mi padre era músico profesional. Tocaba en una banda de jazz, trabajo que le significaba viajar a distintos lugares. Los días que no tenía presentación, hacía clases particulares en la misma casa. Esto a nosotras no siempre nos alegraba, puesto que las clases eran en la mañana y nos significaba menos horas de sueño. Generalmente nos despertábamos con las notas malsonantes del aprendiz, una forma bastante desagradable de comenzar el día, pero que ahora hasta me parece graciosa. Después de todo, en algún minuto me tocó a mí también hacer sufrir los oídos de otros con el clarinete, instrumento que tuve que cambiar por el saxo, porque mi perro no paraba de llorar cada vez que lo tocaba.
Una noche de presentación, cuando llegó la camioneta que lo recogía para llevarlo al local donde tocaba con su banda, me escabullí de la vigilancia de mi hermana mayor y me fui escondida entre los tambores y platillos de la batería. Ni mi padre, ni el conductor, ni los otros dos músicos que iban en la camioneta notaron mi jugada.
Llevaba semanas rogándole a mi padre que me llevara a una presentación. Quería tocar con ellos algún día. O tocar en algún escenario con otros músicos y con público que se enamorara de mi música. No quería seguir tocando en el living de mi casa, con un perro de público que aullaba de puro mañoso, porque cada día estaba mejorando mi técnica.
Cuando llegamos al lugar de la presentación ocurrió lo inevitable: me pillaron. Mi padre, enfurecido, me dijo que subiera a la camioneta nuevamente, porque me llevaría de vuelta a la casa. Sus compañeros músicos gritaron a coro “¡Noooooo!” Debían subir al escenario en 20 minutos, tiempo en el que no alcanzaría llevarme a casa y volver. No le quedó otra a mi padre que ceder. Permitió que me quedase, pero había otro problema: yo era menor de edad y el lugar en el que tocaban solo permitía la entrada a adultos.
Me pusieron una chaqueta y me dijeron que pasara llevando el bajo un poco levantado de modo de cubrirme la cara. El baterista, que era un gordito muy alto, ayudó también a camuflarme. Pasamos el control de la entrada de los músicos y nos metimos a un camerino bastante frío, feo y oscuro.
Llegó el minuto de salir al escenario. Mi padre no quería dejarme sola en el camerino, así que –para mi suerte- pude ver la presentación desde un costado del escenario.
Una camarera se dio cuenta de mi presencia, pero lejos de delatarme, fue muy amable y me llevó un jugo.
Esa noche todo me parecía increíble: la música, el público entusiasta aplaudiendo a mi padre y toda la aventura que significó para mí llegar hasta ese lugar. Creo que esa experiencia nunca se borrará de mi memoria.
Al llegar a casa, nos encontramos con mi hermana mayor enfurecida. Antes de arrancarme había dejado una nota en la cocina, para que no se asustara al darse cuenta de mi ausencia. Pero no fue suficiente para calmar su molestia. Ahora la entiendo, después de todo, como hermana mayor, cargaba con muchas responsabilidades y que yo hiciera esas travesuras le significaba a ella aumentar sus preocupaciones.
Mi padre, por su lado, terminó tomándoselo con humor. Lo que no se tomó muy bien fue que le dijese que quería dedicarme a la música como él. Largó una carcajada que casi me dejó sorda. Me dijo que podía entender que me gustase la música, sobre todo si él nos había inculcado ese gusto, pero que ni pensara en dedicarme a eso. Mi padre lo decía porque consideraba que la vida del músico, si bien era entretenida por momentos, implicaba muchos sacrificios. A eso además hay que agregarle que hablamos de una época en la que una mujer dedicada a la música no era algo que todo el mundo viese con buenos ojos.
T.O.