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Sin miedo!

Me pasa a menudo que llegan a mis oídos afirmaciones que quedan dando vueltas en mi cabeza por varios días. Puedo estar con mi compañero viendo una película, caminando al colegio a dejar a mi hija, o mirando las redes sociales (mi nueva entretención) mientras voy en el metro, y la afirmación está ahí, no se va de mi mente. Me incomoda al punto de necesitar escribir sobre ella, tal vez así la suelto, la imprimo en una página en blanco que leerán otros y abandone de una buena vez mi cabeza. 

"Se les ha pasado la mano", dijo frente a mí. En otro momento (o con más alcohol en la sangre), esas palabras podrían haber sido balas; pero respiré y esperé en silencio que desarrollara la idea, que argumentara algo que al menos perturbara mi postura, o que me conmoviera con algún recurso emotivo que me obligase a replantearme, por último, para no parecer poco empática (hoy en día la falta de empatía es muy mal vista). Esperé cifras, datos duros, la cuenta de las personas que han perdido la vida en sus manos en lo que va del año... Porque, claro, no era su intención, solo estaban planteando sus diferencias, pero se les pasó la mano y lo mataron.

Luego pensé que podría referirse a situaciones de abuso de poder o de casos donde hubo abuso sexual (que también es un abuso de poder). Pero no, no se les pasó la mano en eso. 

Me puse impaciente y pregunté: "¿En qué se nos ha pasado la mano?" Y aproveché de corregir el "les", porque si lo digo yo, tengo que decir "nos". La respuesta fue acompañada con elocuentes gestos de desagrado: "Porque ahora ni siquiera se les puede tirar un piropo. ¡Una exageración!"

Respiré nuevamente. Segundos antes, pensaba que se me imputaría a mí, y a quienes piensan como yo, uno o varios asesinatos, una violación grupal o algo por el estilo. Pero no, solo se nos pasó la mano al rechazar el acoso callejero. Uuuuufff!!!!

Comencé a relatar entonces dos episodios en los cuales el acoso callejero del cual fui víctima fue más allá de los "inocentes piropos", que -a propósito- me he visto obligada a escuchar desde muy niña, cuando iban dirigidos a mi mamá. Luego, comencé a oírlos dirigidos a mí. Ya era grande, eso sí, 11 años (toda una mujer). Debo decir que ninguno me pareció inocente. Ni siquiera "piropo" sería el término adecuado, considerando que la RAE lo define como una expresión con que se pondera una cualidad de una persona, en especial la belleza de una mujer. La verdad es que cuando me "piropeaban", no recibía un "piropo". Deberíamos escribir a la Real Academia solicitando la incorporación de la acepción con que la usan los hombres chilenos, que dista bastante de lo que dice el diccionario.

El primer episodio que relaté sucedió cuando tenía 15 años. Una tarde de domingo, caminaba hacia a mi casa. Había acompañado a una amiga al paradero y volvía con prisa, porque tenía tareas que hacer para el día siguiente. Recuerdo que hacía frío, seguro era invierno (no lo recuerdo bien). A una cuadra de mi edificio, un hombre me agarró por detrás, con una mano me levantó tomándome entre las piernas y con la otra agarró mi pechuga izquierda. Avanzó conmigo así, colgando, al menos media cuadra. A mí no me salió la voz. Para algunos jueces, mi repentina disfonía sería una atenuante para el "supuesto" agresor. Y cómo no: no dije nada, no me defendí, ni física ni verbalmente. Tal vez me gustó, quien sabe... La juventud de hoy en día...

Cuando me soltó, tampoco me salió la voz. Lo único que salió de mí fueron lágrimas. Durante varios días, cada vez que me bañaba, me vestía o desvestía, vi la marca de sus dedos en mi pechuga izquierda. Fue la primera vez que me agarraron una teta, ahora que lo pienso.

Seguí, entonces, relatando el segundo episodio de acoso callejero físico que recordé. Han sido más de dos, por supuesto, y el último fue hace unos meses en el metro. Pero no quise dar la lata. Tampoco quiero darla ahora... 

Le conté estos dos episodios pensando que tal vez me diría que a esos hombres se les había pasado la mano. Pero no dijo eso. Tal vez no lo dijo, pero lo pensó.

El punto es que los hombres que llegan a acosar y a agredir físicamente a una adolescente o a una mujer, primero se sintieron a sus anchas piropeándolas, de seguro. Si han experimentado la libertad de decirle a una niña o a una mujer cuanta mugre han aprendido del porno, ir por más y agarrarlas por donde les da la gana, es el siguiente paso, ¿no? 

Entonces, ¿es una exageración decirles que nos hartaron y que no aceptamos el acoso tampoco de palabra? ¿Se me pasa la mano si a mis 39 años no quiero seguir escuchando huevadas en la calle? Perdonen, señores, mi poca paciencia.

La verdad, espero que nunca se nos pase la mano como se les ha pasado a quienes han defendido la cultura patriarcal. Espero nunca cargar con esa vergüenza. No podría mirar a mi hija a los ojos con esa culpa.


 
 
 

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